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Febrero Loco

La rosa de los vientos

La rosa de los vientos

El viento norte recibe la denominación de tramuntana, ya que viene de más allá de las montañas que cierran el borde septentrional del Mediterráneo. Gregal es el viento del noreste, originario del ámbito griego, es decir, del Mar Egeo, mientras el Levante o llevant procede del este, donde en su movimiento aparente, y en realidad por la rotación terrestre, nace o se levanta cada día el sol. Rumbo sureste es el del siroco o jaloque (xaloc en las costas valencianas, catalanas y baleares); la etimología originaria es Syriacus, que hace referencia a Siria desde Creta. Para el viento del sur se emplean, indistintamente, los nobres de africano, ostro o mediodía. Por idéntico motivo al indicado para el Llevant, levante, el viento del oeste es el poniente, por donde, en su movimiento aparente, se acuesta, encuentra su ocaso o se pone el sol.

Del
suroeste llega el llebeig o garbí, voces ambas de origen árabe. Vuelve a resultar imprescindible el recuerdo de Creta para explicar las designaciones de mistral, minstral, maestral o maestro aplicadas al viento del noroeste, ya que al noroeste de la isla queda Roma, capital del imperio y “maestra de gentes” (magistra gentium). El mistral es terrible, ya que en ocasiones, por el triple efecto catabático, de gradiente horizontal de presión, y tobera sopla con las fuerzas más elevadas de la escala Beaufort, motivando mar arbolada, montañosa o, incluso, de gravísimo peligro. Este viento del noroeste, canalizado por el valle del Ebro, recibe el nombre regional de cierzo
.

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Leyendas

Cuentan que tuvo el dios Eolo amores con una hija mortal de Poseidón, de la cual nacieron sus principales hijos: Tramontana, Migjorn, Llevant y Ponent. Al mismo tiempo, el dios del mar cortejaba a una hija de Zeus, a la que engañó disfrazado de delfín, y la ocultó en un pequeño archipiélago, poblada únicamente por serpientes, lejos de la vigilancia de su padre. De los amores de Poseidón y la hija de Zeus, nació una hermosa muchacha, que se crió junto a su madre y sus sobrinos los vientos, en su lugar de nacimiento: las islas Columbretes.

Tenían los vientos prohibido pisar tierra firme, pues al ser nietos de Poseidón pertenecían al mar, y Zeus no consentía intromisiones en su territorio. Aunque el mar tenía su encanto, estaba por aquel entonces muy poco poblado, y la única compañía inteligente que encontraban era la de su tía, que por algo era nieta de Zeus e hija de Poseidón.

Los vientos la adoraban y se desvivían por hacer cumplir todos sus caprichos, pero a ella le ocurría lo mismo que a sus sobrinos: la soledad le mataba, ansiaba la compañía humana.

Un día su padre la vio triste, llorando en uno de los montículos desde los que se podía intuir la tierra firme, y le preguntó el motivo de su desdicha. Cuando ella le explicó la causa, su corazón se encogió: comprendía perfectamente a su hija, pero no quería perderla.

Pasó un mes largo Poseidón meditando qué hacer, mientras veía que su hija se consumía de tristeza; pero al final le dio permiso para marcharse de las islas.

¡Puedes ir a tierra firme!, le dijo, y espero que tu abuelo sea condescendiente y te acoja con cariño, algo no demasiado frecuente en él.

Ella estalló de júbilo, y con lágrimas en sus ojos abrazó a su padre, no sin antes prometer que vivirá junto al mar y saldría a saludarle siempre que pudiera. Poseidón la miró con tristeza y se sumergió en la sima más profunda para que no viera como lloraba.

Los vientos se encargaron, muy serviciales, de impulsar la embarcación que poseía hacia tierra firme. Primero empezó Llevant, que con su soplo húmedo acercó rápidamente a la chica a la costa; pero Ponent, celoso, quiso ayudar, y se puso a soplar en contra de su hermano, con su típico aire seco, de forma que la barca se quedó clavada en el sitio. Quiso deshacer el entuerto Migjorn con su aliento cálido, y consiguió que la barca de nuevo se moviera, pero por poco tiempo, pues Tramontana quiso aportar su soplo helado para no quedarse al margen.

Los cuatro vientos soplaban a la vez, cada vez con más intensidad, pues el ansia de ayudar a la muchacha se había convertido en una competición para ver quien conseguía llevarla a buen puerto. La chica, desesperada, gritó auxilio, pero nadie le pudo escuchar en medio del vendaval.

La furia de los vientos llegó hasta los fondos marinos donde todavía se hallaba Poseidón desconsolado, despertando de la apatía en la que se encontraba inmerso. Salió a la superficie y observó a su hija, que se debatía entre la vida y la muerte, atada al palo mayor de su barca, zozobrando.

Tal era la ofuscación de los vientos que ni al mismo dios de los mares obedecían; así que éste tuvo que recurrir al mismísimo Zeus para que intermediara.

El dios de los dioses ordenó parar a los rebeldes, y celebró un juicio para condenarlos a una pena justa; pero conmovido por la buena intención de sus actos, y apenado por la soledad que sentían fue magnánimo: a partir de entonces permitió que los vientos pasearan también por la tierra, con la única condición de que no pudieran soplar más de uno a la vez.

Los vientos disfrutaron de más y mejor compañía a partir de entonces, conocieron el amor y engendraron más hijos, a los que llamaron Garbí, Gregal, Xaloc y Mistral; pero todos ellos acarrearon la condena de no soplar al mismo tiempo, para permitir el intercambio entre la tierra y el mar.

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